Cuando tenía seis años me caí de la bicicleta BH verde de mi hermana Mónica en El Perelló. No le había pedido permiso para cogerla y con el trompazo se torció el marco. Triste y asustada, esa misma noche le pedí a Dios que me ayudara: - Hola, sé que estás ocupado con otras cosas importantes, pero ¿puedes arreglar la bicicleta de mi hermana antes de mañana?, ¡por favor!

Al día siguiente vi a mi hermana feliz en su BH por el malecón. Dios arregló su bicicleta, me escuchó y me salvó el cuello. ¡Es INCREÍBLE!, pensé al menos diez años más. Luego me dije que, sin duda, NO había sido ÉL sino mi padre o algún otro pariente, ya que todos tenían llaves del garaje del chalé  y también solían dejar allí las bicis de sus hijos. La inocencia, la magia y la fe se habían esfumado.

Hoy vuelvo a pensar como la María de 1986, y creo que fue la fuerza del universo en la forma de mi padre, o mi tío Juan o quien fuera que lo reparó. Ya lo sabía entonces, y cada vez que recuerdo la historia sonrío y comprendo que hay algo mucho más grande que nosotros y que NO podemos controlar.


Todos estamos conectados, y nuestras acciones, las de nuestros cuerpos, mentes y espíritus importan. Y como estamos hechos de la misma luz, el yoga nos hace conscientes de nuestra verdadera naturaleza divina y de todas las formas en las que podemos practicar para seguir brillando durante el resto de nuestros días. Me pregunto si algún día seré Dios para mis hijos o para otras personas. ¡Seguramente lo fui en el año 2003 cuando perdí 300 € en Cuba!